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Historias de serpientes

4 Marzo 2008 | Publicado por David Giner

Esta semana viene cargadita de reportajes muy interesantes publicados por varios medios. Os dejo con el primero.

Historias de serpientes 

Cuando conocí a Amyad, el guía beduino que me condujo por la reserva de Wadi Rum, en el desierto de Jordania, no podía saber que era el mejor contador de historias que jamás había conocido (lo mejor de los viajes, como lo mejor de la vida, es la obviedad sagrada de que uno no sabe nunca lo que le espera). Hablaba un inglés vertiginoso y bastante correcto, pero difícil de entender por su misma velocidad y, sobre todo, por una melodía sibilante que acompañaba todo lo que decía. Andaba ataviado con lo que él mismo me dijo que eran ropas tradicionales: una chilaba de campaña de color caqui, por la que asomaban bombachos crema metidos dentro de botas militares, y el pañuelo rojo y blanco de los nómadas de la región.

 wadi-rum.JPG

Tras la puesta de sol del primer día, hicimos fuego dentro de la jaima del campamento, en un gran brasero octogonal. Habíamos desenterrado de la arena, a paletados, unos sarmientos escuálidos que ardían con parsimonia.

Amyad y Abu Fadi, el conductor, se disculparon por dejarme solo, pero tenían que rezar sus oraciones a la caída del sol. Amyad me dijo, con su permanente sonrisa en la boca -que era la de un espléndido huésped del mundo: ni sumisa ni estúpida, ni protocolaria ni irónica-, que trataba de ser un buen musulmán.

Después de cenar, recostados en el suelo, sobre alfombras damasquinadas, acodados en unas sillas de montar de gala que tenía la jaima como adorno, estuvimos horas charlando alrededor del fuego. Es curioso: no hay nada como charlar al amor de la lumbre. No conozco a nadie que pueda resistirse a la invitación oral de las lenguas del fuego. Se trata de un atavismo, sin duda, la reminiscencia de cuando estuvimos, durante siglos, poblando las interminables noches de la humanidad con fábulas, relatos contados en corro junto a una hoguera. En las estepas, en las selvas, en los desiertos, en los bosques, en las posadas.

Amyad se apartaba de un par de golpes el largo pañuelo beduino como si se retirase una larga melena y hablaba con precisión, degustando lo que relataba, gustándose, pero sin escucharse. Hablaba, por ejemplo, de serpientes.

Por él aprendí que las serpientes del desierto tienen buena memoria y muy malas entrañas. Tal vez memoria olfativa, pero yo creo que guardan recuerdos, dijo. En cierta ocasión, su madre mató de un bastonazo a una de las dos serpientes que le salieron al paso. Dos días después, cuando pasó por el mismo sitio en compañía de tres de sus primas, la serpiente que había escapado se fue derecha a ella y la mordió en justa venganza.

Un primo de Amyad, después de descubrir que se llevaba mejor con la soledad del desierto que con su mujer, decidió errar por la región. Una día, después de una siesta medio desnudo al pie de unas rocas, despertó con una serpiente venenosa que lo miraba con fijeza. Rezó, pero la serpiente siguió mirándolo. Hizo visajes extraños, pero la serpiente no apartó la vista. A cada movimiento, la serpiente amenazaba con morderlo. Tardó diez horas en sacarse un cigarrillo, encenderlo y arrojarle el humo a la cara, hasta que se marchó reptando entre la arena. Por eso sé que fumar no puede ser del todo malo -sentenciaba Amyad-.

Y me narró la historia de la serpiente demediada que perseguió y mató a su demediador. Y la del eremita que ponía todas las noches un plato a su mesa, para la serpiente que lo visitaba durante más de seis años. Y así pasamos el tiempo, como en una jornada de Las Mil y Una Noches. Pero todo esto fue nada en comparación con las historias de camellos que Amyad me contó, y que conocerá quien venga hasta esta jaima la semana que viene.

Vía: ABC

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Hay 1 comentario:

#1
maria enviado el

Preciosa historia…

En Adamar.org Daniel Holini nos cuenta tambien su bonito viaje a Jordania… preciosas fotos

un saludo

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